jueves, 13 de octubre de 2011

Las aventuras de SIN-BAR EL MARIDO (reedición)

martes, 05 de septiembre de 2006 (fecha de la edición original)


Año 2054. Ciudad: Murcia.


Manuela, era una mujer feliz. Estaba casada y era madre de tres preciosos niños. Su marido era taxista, y un hombre dichoso.

Hermenegildo, que así se llamaba, aprovechaba los ratos en los que no tenía trabajo para tomarse unas cañitas en los bares que le pillaban de paso. Frecuentaba casi siempre los mismos sitios y era archiconocido en la mayoría de los bares en los que paraban sus compañeros.

Llevaban una vida sencilla y armoniosa. Ella era una excelente ama de casa y él cumplía con sus obligaciones laborales y traía la recaudación del taxi a diario (por supuesto, sin la parte que se había gastado en los bares en que había parado).

Los niños eran buenos y estudiosos, y traían excelentes notas del colegio. Se juntaban con amigos que tenían el mismo carácter que ellos, y no solían tener problemas importantes.

Todo era perfecto hasta que un día........

Hubo una huelga de bares.

Debido a un parásito llegado en un meteorito, la cebada, la malta y otras plantas de las que se puede sacar la cerveza se vieron afectadas por el dichoso bichito y aunque crecían y tenían un aspecto estupendo no servían para lo citado anteriormente. De este modo, con la disminución de estas plantas y la dificultad de fabricar la rubia cerveza, el precio de la espumosa bebida subió a precios desorbitados.

Los bares, que además del exagerado precio tenían un importante porcentaje de incremento, se vieron obligados a reducir sus beneficios, mas no era suficiente, porque la reducción en la clientela fue tan sumamente clamorosa para que muchos de ellos tuvieran que cerrar. Este hecho no había ocurrido nunca anteriormente, porque siempre han cerrado fabricas, comercios, mercados, etc., pero un cierre masivo de bares era algo insólito hasta esa fecha.

El caso, es que Hermenegildo, un día, tan inocentemente, y sin haberse enterado previamente de nada se fue a trabajar. Estuvo llevando clientes de un lado para otro, hasta que llegó el momento en que solía hacer su primera paradita para tomarse una cañita. Lo hizo en uno de sus lugares habituales, y claro, al llegar a la puerta vio que ponía CERRADO.

Pensó: "Se les habrá muerto un familiar". Y siguió camino tan panchamente en busca de otro bar en el que hacer la misma actividad que pensaba hacer en el anterior. Sin embargo, en este caso el mensaje de la puerta era más clarificador: ESTAMOS DE HUELGA.

"¿De huelga?", penso Hermenegildo, y sin darle mayor importante cogió su taxi y siguió trabajando sin más.

Pasaron un par de horas y la sed empezaba a hacerse notar. Instintivamente Hermenegildo aparcó su automóvil y se dirigió a otro de sus puntos habituales de avituallamiento etílico. Y, oh, sorpresa, que también estaba cerrado. Esto empezó a poner un poco nervioso a nuestro amigo, que aprovechó que pasaba por allí un policía para preguntarle:

- Agente, ¿sabe usted por qué no hay ningún bar abierto?

- Sí, hombre. Es que los dueños de los bares se han puesto de huelga por la subida del barril de cerveza. Precisamente en este momento se estarán manifestando delante de todas las fábricas de cerveza de la localidad.

- No me diga eso, agente. Esto es terrible. Hubiera preferido un huracán a esto.

- Hombre, no es para tanto. Vaya usted al supermercado, cómprese unas latitas de cerveza, las mete en el congelador de su casa y luego se las bebe.

Hermenegildo no aguantó tal afrenta, y dando un puntapié a una farola se marchó con la cabeza baja y el ceño fruncido hacia su taxi.

Acabó la jornada y se fue para casa. Entró y dio un portazo con cara de muy pocos amigos. Su mujer, absorta de ver a su marido en ese estado, le preguntó:

- ¿Qué pasa, Herme?

- ¡A ti qué te importa!

- ¡Oye, a mi nunca me habías contestado de esa manera!

- Pasa que están cerrados los bares, y no me he podido tomar ni una sola cerveza en todo el día. ¿Contenta?

- ¿Y qué pasa si están cerrados los bares?

- ¿Cómo que qué pasa?

- Sí, qué pasa.

- Mira, no tengo ganas de música hoy. Tráete un par de latas de cerveza del frigorífico que me voy a poner a ver el fútbol.

- Es que....

- Es que....¿qué?

- Que como mañana es el cumpleaños de mi hermana, he estado viendo un regalo para ella y al final mira...., que no he cogido cervezas. Ea.

- ¡Cómo! Pero si a esta hora ya está todo cerrado. ¡No me digas que hoy no voy a probar ni una gota de cerveza!

- Lo siento, Herme. Pero no tenemos cervezas.

- ¡Pues ve y pídele unas cuantas a una vecina!

- ¡Pero cómo le voy a pedir cervezas a una vecina, qué cosas tienes, si fuera perejil, o un huevo....!

- ¡Hay madre mía!

- ¿Qué te pasa?

- ¡Que me estoy poniendo malo, NECESITO UNA CERVEZA!

- ¡Herme, no me asustes! ¿Quieres un poco de agua?

- ¡Nooooo, quiero una cerveza!

- ¡Pues no hay cerveza, caramba.......!

La situación duró como dos horas más, tras las cuales Hermenegildo subió al cuarto piso, en el que vivía un matrimonio jubilado muy amigos de ellos, pues jugaban los domingos partidas de mus. Llamó a la puerta, con el temor de que el matrimonio ya se hubieran acostado. Le abrió don Diego, y le preguntó:

- ¿Herme, qué pasa a estas horas?

- ¡Don Diego, estoy desesperado, están de huelga todos los bares, y encima mi mujer no se ha acordado de comprar cervezas!

- Y ¿qué?

- Que no he podido tomarme ni una sola cerveza en todo el día. ¿No estaría usted acostado, verdad?

- No. Estaba jugando una partida al trivial de peletier.com. Hay uno especial para jubilados, para los que ya no tenemos los reflejos tan rápidos como tú. Anda pasa.

- ¡Yo no quisiera molestar!

- ¡Vengaaa! Pasa y tómate una cerveza.

- ¿Tiene cerveza?

- ¡Hombre, claro, si no, cómo te la iba a ofrecer! Pero, ojo, sólo una.

- Don Diego, será la cerveza más rica que he tomado a lo largo de mi vida.

Así las cosas, siguieron largo rato la conversación, mientras doña Águeda, desde la cama estaba escuchando todo lo que decían. No hacía más que refunfuñar y hablar sola diciéndose para sí misma:

- Estúpido borracho. ¿No tendrá otra cosa mejor que hacer que venir a las tantas de la noche a dar la lata a un pobre jubilado? Pero claro, como Diego es tonto, porque es tonto, y no sabe decirle que no a nadie, así nos van las cosas.

Estos y otros pensamientos tenía doña Águeda cuando llegó el momento de quedarse dormida. Las dos y media de la madrugada eran cuando su marido se acostó. Ella no se enteró.

La huelga de bares duró una semana. Una semana insufrible. Pero Hermenegildo ya había hecho acopio de cervezas y las llevaba en una neverita dentro del taxi. Se decía a sí mismo:

- ¡Coño, pues esto de tomarse las cervezas al aire libre tampoco está tan mal!

Terminó la huelga de bares, y todo volvió a la normalidad. Hermenegildo volvió a ser el buen padre que había sido siempre. Manuela siguió siendo una perfecta madre y señora de su casa. Los niños ídem de ídem, porque no se habían enterado de nada al estar en un campamento en Nerpio durante esa semana. Y el matrimonio de jubilados también se pacificó al no tener que aguantar al plasta del vecino en horas intempestivas.

FIN